Psicología y Coaching Profesional, Diferencias y Complementos



Al tener estructuras similares y objetivos que pudieran considerarse equivalentes, para muchos es sencillo confundir la práctica profesional de la psicología con el coaching. Para desentrañar sus diferencias y puntos de encuentro, conversamos con Joyce Veloso, directora de nuestra Escuela Internacional, experta en coaching y una de las más reconocidas entrenadoras de coaches a nivel regional y Felipe Foncea, psicólogo con formación en coaching.
En cuanto a las similitudes, las más evidentes no se dan entre cualquier tipo de coaching y cualquier tipo de terapia, nos comenta Felipe Foncea, sino particularmente entre el life coaching y terapias cognitivo-conductuales y/o constructivistas. En cuanto al primero, es aquel que se centra en objetivos vinculados con la vida diaria de las personas, los que pueden ser tan básicos como la búsqueda de un estilo de vida más organizado hasta tocar complejas dinámicas familiares, haciendo así la diferencia fundamentalmente con el coaching en contextos laborales. En cuanto a las terapias cognitivo-conductuales, son aquellas centradas en generar un cambio de conducta a través de una modificación en la interpretación mental de un fenómeno, lo que se consigue fundamentalmente a través de conversaciones en las que el psicólogo guía al paciente en una reinterpretación de la realidad. En cuanto a las terapias constructivistas, son similares a estas últimas salvo por el hecho de que los esfuerzos se ponen en que sea el paciente quien “construya” una solución gracias a la guía del terapeuta.
Vemos aquí como el objetivo común es el bienestar del paciente y del coachee, al tiempo que ambas herramientas buscan, de alguna forma, una reinterpretación de la realidad para solucionar algún conflicto interno, lo que se consigue fundamentalmente a través del uso del lenguaje.
Cuando pensamos en variantes del coaching tales como el Team Coaching o el coaching gerencial, o bien en variantes de la psicología, tales como el psicoanálisis o la psicología transpersonal, las diferencias se hacen más evidentes debido tanto a las técnicas utilizadas como a sus objetivos, los que incluso pueden llegar a desaparecer como tales en el caso del psicoanálisis, al tiempo que el Team Coaching, por dar otro ejemplo, se estructura en torno a equipos, lo que la psicología no suele abordar. Es por ello que, en este análisis, nos centramos en los elementos de cada disciplina que se prestan para confusión y no en diferencias evidentes.
En este sentido, Joyce Veloso señala que una de las diferencias de base entre ambas herramientas, y que comúnmente suele pasarse por alto, dice relación con el lugar que la patología ocupa durante el proceso.
En la terapia psicológica, la patología suele ser centro del desarrollo de la técnica. El paciente está allí debido a problemas que han derivado en una “enfermedad” y las estrategias que escoge el psicólogo son aquellas destinadas a combatirla. Este hecho, repercute en la interpretación que el terapeuta tiene sobre el discurso y los problemas accesorios del paciente, pues el psicólogo significará la actuación del paciente en relación con su patología de base. De esta forma, si se trata de un paciente diagnosticado con trastorno obsesivo compulsivo (TOC), cada palabra que use, cada gesto que haga, buscará ser interpretado como la palabra o el gesto de una persona con TOC. En este punto, es justo señalar que no han sido pocos los intentos de psicólogos y psiquiatras por despatologizar la interacción terapeuta-paciente, pero lo cierto es que sigue siendo una problemática a la que naturalmente tienden los profesionales del área.
En el caso del coaching, por otra parte, la patología es irrelevante mientras permita abordar los objetivos propuestos por el coachee, y en el caso de interponerse con las herramientas e interacciones ideadas para alcanzarlos, el coach no solo puede, sino que debe transparentar la presencia del obstáculo, y recomendar la derivación a un profesional de salud mental.
En otras palabras, a diferencia de lo que ocurre en la terapia, el coachee no arrastra un diagnóstico ni tampoco se encuentra en su búsqueda, sino que tiene un objetivo que, en ocasiones, busca clarificar, ante lo que el coach se presenta como una compañía en el proceso, poniendo a disposición estrategias que clarifican el camino, pero sin dar consejos acerca de la forma de proceder.
Por otra parte, el terapeuta es visto como un experto en el problema que condujo al paciente hasta su consulta, por lo que hay una relación jerárquica que enfrenta a la experticia contra la ignorancia. El coach, salvo en situaciones particulares, no suele ser un experto en el problema del coachee, sino que es un experto en acompañar al coachee en su reconocimiento y caracterización, así como en la elaboración de estrategias que permitan estructurar el camino hacia la solución. Dicho esto, se suele recomendar cierto grado de experiencia o afinidad con el área en que surge el problema cuando existen tecnicismos que, de no manejarse, dificultarían la comunicación.
Otro punto relevante dice relación con la posibilidad de avanzar sin haber solucionado problemas de base. Para la terapia, nos dice Felipe Foncea, suelen existir piedras de tope que, de no ser resultas, impiden el camino hacia la sanación, por lo que el terapeuta invertirá todos sus recursos en solucionarlo, lo que es particularmente patente en terapias que no consideran el aspecto estrictamente conductista, estando, este último, más abierto a modificar conductas sin hacerse cargo de problemas de base, lo cual, según muchos profesionales del área, representaría un riesgo al invisibilizarlos.
Joyce Veloso, por otra parte, puntualiza en sus actividades de formación que, mientras el problema basal no se interponga en la consecución de los objetivos levantados por el coachee, las estrategias para el logro de metas parciales y finales pueden ser puestas en práctica, y es que hay que recordar que los objetivos del coaching pueden ser tan variados como sean las necesidades del coachee, existiendo una amplia gama de ellos que, para su observación y resolución, no requieren transitar por las profundidades del Yo del cliente.
Finalmente, es posible resaltar una diferencia práctica relevante, esta es, la duración de ambos procesos. Una terapia se puede extender de manera prácticamente indefinida ya que, incluso una vez resuelto el problema, el terapeuta y el paciente pueden establecer una relación de apoyo crónica, lo que no es recomendado por todas las áreas de la psicología pero que se da en la realidad y, en el caso de que no se de, terapias de varios meses o algunos años no son del todo extrañas.
La duración de una relación de coaching, en tanto, está estrictamente relacionada con la consecución de objetivos concretos, los que se definen en la primera o en la segunda sesión, al tiempo que se planifican los tiempos de resolución de las metas parciales, considerándose que incluso en tres o cuatro sesiones es posible alcanzar objetivos significativos. Procesos de coaching demasiado largos donde el acompañamiento se extienda por varios meses no solo son costosos para el cliente, sino que demuestras una ineficiencia que, de no ser explicitada por el coach, quebranta un código ético que, en nuestra Escuela Internacional, nos cuidamos de respetar.
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